A MÍ NO ME GUSTA EL FÚTBOL
A mí no me gusta el fútbol no es un ataque al deporte ni a quienes lo disfrutan. Es una reflexión sobre todo lo que hemos construido a su alrededor: el negocio, las apuestas, los ídolos convertidos en productos, la presión por pertenecer, los escándalos que olvidamos demasiado pronto y la facilidad con la que una celebración colectiva puede justificar comportamientos que no aceptaríamos en ninguna otra situación.
Desde la mirada de una persona corriente, y con algunas notas de humor resignado, el libro observa el fútbol desde fuera del terreno de juego. También reconoce aquello que tiene de bueno: el esfuerzo, la amistad, el sentimiento de comunidad y la emoción de compartir algo con los demás.
Porque quizá el problema nunca haya sido el balón, sino todo lo que hemos permitido que creciera a su alrededor.
Creo que merece la pena leerlo porque no habla únicamente de fútbol. Habla de nosotros: de nuestra necesidad de formar parte del grupo, de cómo asumimos como normales ciertas contradicciones y de la facilidad con la que podemos entregar nuestro criterio a cambio de sentirnos incluidos.
Puede interesar tanto a quien disfruta del fútbol como a quien nunca ha entendido lo que provoca. No pretende convencer al lector de que deje de verlo, sino invitarlo a observarlo desde otra perspectiva y a preguntarse qué parte de todo ese espectáculo ha elegido realmente y qué parte ha aceptado sin pensarlo demasiado.
La intención del libro no es decirle a nadie lo que debe pensar ni presentarme como alguien que posee todas las respuestas. Es compartir una reflexión personal sobre algo que forma parte de nuestra vida cotidiana y que, precisamente por ser tan habitual, rara vez examinamos con calma.
El mensaje es sencillo: podemos disfrutar de una afición sin renunciar a nuestro criterio. Podemos celebrar sin justificarlo todo, admirar sin convertir a nadie en intocable y pertenecer a un grupo sin dejar de pensar por nosotros mismos.
En definitiva, no se trata de abandonar el fútbol, sino de aprender a mirar también fuera del campo.
No entregues tu criterio junto con la entrada.
Sé que este libro no cambiará nada. Lo sé porque quizá nadie pueda cambiar aquello sobre lo que voy a escribir, y mucho menos alguien como yo, que no ocupa ningún cargo, no dirige ningún medio y no tiene detrás una organización capaz de hacerse escuchar. Quienes deberían leerlo quizá prefieran ver un partido, y quienes decidan hacerlo probablemente tampoco puedan hacer nada para cambiar las cosas. Aun así, he decidido escribirlo. No porque crea que mis palabras vayan a derribar una industria, despertar de pronto a millones de personas o conseguir que quienes viven del fútbol renuncien a sus privilegios. Lo escribo porque hay silencios que terminan pareciéndose demasiado a la aceptación. Porque observar algo, considerarlo absurdo y no decirlo también es, de alguna manera, participar en ello.
Y, qué narices, para quedarme a gusto.
El título de este libro es sencillo: A mí no me gusta el fútbol. Pero sería más exacto decir que no me gusta aquello en lo que hemos convertido el fútbol. Conviene aclararlo desde el principio. Este libro no es una crítica al deporte ni a quienes disfrutan de él. No tengo nada contra el niño que juega en una plaza, contra quien da patadas a un balón con sus amigos, contra quien acude a un campo modesto para animar al equipo de su barrio ni contra la familia que se reúne alrededor de un televisor para compartir un partido. Tampoco pretendo negar la emoción de una victoria, la decepción de una derrota o el sentimiento de pertenencia que nace alrededor de unos colores.
Sabemos que el fútbol puede crear amistades, recuerdos y vínculos entre generaciones. Puede enseñar disciplina, cooperación, esfuerzo y respeto. Puede ser una manera de divertirse, mantenerse activo o escapar durante un rato de los problemas cotidianos. Nada de eso constituye el objeto de mi crítica. El problema no está en correr detrás de un balón. Comienza cuando un deporte deja de ser solamente un deporte y se transforma en una industria capaz de justificar casi cualquier cosa; cuando el espectáculo ocupa el lugar de la realidad, la pasión impide formular preguntas y la emoción de millones de personas se convierte en una mercancía. Es entonces cuando quienes administran esa emoción descubren que pueden obtener de ella dinero, influencia, obediencia y poder.
No escribo contra los aficionados, sino contra todo aquello que se ha levantado alrededor de ellos: contra quienes se aprovechan de su entusiasmo, utilizan su fidelidad para construir negocios desproporcionados o presentan el fútbol como un territorio de valores mientras a su alrededor aparecen corrupción, privilegios, comisiones opacas, fraudes, presiones políticas, apuestas, violencia y operaciones difíciles de justificar.
También escribo contra la importancia desmedida que hemos decidido concederle, una importancia que no parece guardar relación con lo que, en el fondo, representa: una competición deportiva en la que dos equipos intentan introducir un balón en la portería contraria. Dicho así puede parecer una reducción injusta, y quizá lo sea. El fútbol es mucho más que sus reglas porque millones de personas han depositado en él sus emociones, su identidad y sus recuerdos. Precisamente ahí reside su poder. El juego es sencillo; todo lo construido alrededor de él no lo es.
Para comprenderlo conviene remontarse casi dos mil años. La expresión «pan y circo» procede de la antigua Roma. El poeta Juvenal utilizó la fórmula latina panem et circenses para criticar a una sociedad que, según él, había dejado de interesarse por los asuntos públicos y se conformaba con recibir alimento y entretenimiento. No era únicamente una crítica contra los juegos, las carreras o los espectáculos. Juvenal no estaba diciendo que divertirse fuera indigno. Su reproche era más profundo: una sociedad puede renunciar poco a poco a su responsabilidad política cuando recibe suficientes distracciones. Puede acostumbrarse a sobrevivir con lo imprescindible y a entusiasmarse con acontecimientos que, por intensos que resulten, no transforman verdaderamente su existencia.
El pan calmaba el hambre y el circo ocupaba la mente. Entre ambos se construía una forma de control que no necesitaba apoyarse exclusivamente en la fuerza. Bastaba con mantener cubiertas determinadas necesidades y ofrecer un espectáculo capaz de concentrar la atención colectiva. Mientras la multitud discutía sobre vencedores y derrotados, quienes gobernaban podían continuar administrando el poder.
Sería exagerado afirmar que el fútbol actual es exactamente igual que el circo romano. También sería absurdo sostener que alguien inventó este deporte como parte de una conspiración destinada a controlar a la población. El fútbol nació como juego y creció como expresión popular. Su éxito no puede explicarse únicamente mediante la manipulación. Las personas lo siguen porque les gusta, porque las emociona y porque encuentran en él algo que desean compartir. Pero que no exista una conspiración no significa que no exista un aprovechamiento.
Cuando una actividad consigue reunir a millones de personas, concentrar su atención y despertar emociones intensas, el poder político y económico acaba interesándose por ella. No necesita haber creado el fenómeno. Le basta con comprenderlo, intervenir en él y aprender a utilizarlo. Eso es precisamente lo que ha sucedido con el fútbol.
Una victoria de la selección española puede reunir en unas horas a millones de personas. Las calles se llenan, los balcones se cubren de banderas, los desconocidos se abrazan y los automóviles hacen sonar sus bocinas. Las instituciones iluminan sus edificios, los representantes políticos publican mensajes de orgullo y unidad y los medios modifican su programación hasta convertir el acontecimiento en una experiencia nacional. Durante unas horas parece que existe un país unido. Personas que no comparten ideas, condiciones de vida ni proyectos políticos celebran juntas una misma victoria. Las diferencias desaparecen momentáneamente bajo una camiseta y una bandera, y el éxito de unos deportistas se presenta como el triunfo de toda la sociedad.
«Hemos ganado», decimos, aunque ninguno de nosotros haya entrenado con el equipo, pisado el terreno de juego o intervenido en una sola jugada. Lo decimos porque el fútbol consigue algo extraordinario: permite que millones de personas se apropien emocionalmente del éxito de otros. Esa identificación no es falsa. La alegría del aficionado es auténtica y no necesita ser racional para ser real. Precisamente por eso resulta tan valiosa: las instituciones pueden asociarse a ese sentimiento de unidad; los políticos, aparecer junto a los vencedores; las empresas, convertir la identificación en consumo; los medios, transformar la emoción en audiencia, y las casas de apuestas, convertir la esperanza y la rivalidad en dinero. Todos encuentran una manera de beneficiarse de una pasión que originalmente pertenecía al aficionado.
Lo que debería inquietarnos no es que una victoria pueda reunirnos, sino comprobar para qué cosas reservamos esa capacidad de movilización. Sabemos llenar plazas porque once jugadores han ganado un partido. Sabemos vestirnos con los mismos colores, cantar las mismas canciones y abrazarnos con desconocidos. Detenemos nuestras actividades para contemplar una final y somos capaces de hablar durante días de una jugada, un penalti, una lesión o una decisión arbitral. Sin embargo, no demostramos la misma energía ante problemas que afectan directamente a nuestra vida.
No llenamos las calles con tanta facilidad para exigir una sanidad mejor ni recibimos entre multitudes a quienes investigan enfermedades, educan a nuestros hijos, cuidan a nuestros mayores o arriesgan la vida en trabajos esenciales. Tampoco se suspende la programación televisiva para analizar durante horas por qué tantos jóvenes no pueden independizarse, por qué una familia pierde su vivienda o cómo es posible que una persona con empleo continúe siendo pobre. No parece afectarnos con la misma intensidad que haya personas esperando meses para recibir atención médica, que los alquileres sean inasumibles o que determinados servicios públicos se deterioren. Sin embargo, basta con que un balón entre en una portería para que todo se detenga.
Un momento, puede que no me esté explicando bien.
El fútbol no provoca directamente esos problemas ni puede atribuírsele la responsabilidad de que existan. Pero sí puede contribuir a ocultarlos, aunque solo sea temporalmente. No porque alguien dé una orden secreta para silenciarlos, sino porque nuestra capacidad de atención es limitada. Lo que ocupa el centro de la conversación desplaza inevitablemente otras cuestiones hacia los márgenes. Cada hora dedicada a analizar una alineación, un fichaje, una polémica arbitral o las declaraciones de un entrenador es una hora durante la cual otros asuntos desaparecen de la atención pública. No dejan de existir. Simplemente dejamos de mirarlos.
El circo moderno no necesita gladiadores. Necesita espectadores: personas que miren, comenten, discutan, compren y vuelvan a mirar. Necesita, sobre todo, que el espectáculo no termine nunca. Cuando no hay partidos, hay fichajes; cuando no hay fichajes, aparecen rumores; cuando no hay rumores, surgen polémicas. Y si tampoco hay polémicas, se recupera una declaración antigua, se exagera un enfrentamiento o se fabrica una discusión que permita mantener activa la maquinaria.
El partido dura noventa minutos. El negocio ocupa toda la semana.
La televisión, la radio, la prensa y las redes sociales no se limitan a informar sobre el fútbol. Necesitan producir alrededor de él un relato permanente. Cada jugador se convierte en personaje; cada entrenador, en estratega; cada encuentro, en batalla; cada derrota, en tragedia, y cada victoria, en una demostración de grandeza. El lenguaje deja de ser solamente deportivo y se aproxima al de la guerra, la identidad y el honor. Se defiende un escudo, se combate por unos colores, se conquista un campeonato, se derrota a un rival y se venga una eliminación.
La exageración no es accidental. Cuanto mayor sea la importancia emocional del acontecimiento, mayor será la atención que reciba. Y cuanto mayor sea la atención, más dinero podrá obtenerse de ella. La pasión del aficionado es auténtica. La explotación de esa pasión también.
Cuando juega la selección, además, el fútbol adquiere una dimensión política. Ya no se representa únicamente a un club, una ciudad o una afición, sino a un país entero. Una victoria se presenta como prueba del carácter nacional. Se habla de unidad, sacrificio, esfuerzo colectivo y orgullo. Los jugadores dejan de ser simplemente deportistas y se convierten en símbolos. Su éxito parece demostrar que toda la sociedad ha vencido.
Los políticos comprenden perfectamente el valor de esa imagen. Representantes que durante meses han sido incapaces de ponerse de acuerdo aparecen unidos en un palco. Dirigentes enfrentados comparten sonrisas ante las cámaras. Instituciones desacreditadas se envuelven en el éxito deportivo e intentan recibir una parte del prestigio de los vencedores. No importa que esa unidad sea momentánea. La fotografía ya ha sido tomada.
Después de la celebración, todo regresa a su lugar. Vuelven las divisiones políticas, los salarios insuficientes, las listas de espera, los alquileres imposibles, la precariedad y la soledad de quien descubre que la victoria colectiva no ha cambiado absolutamente nada en su vida. La persona que gritaba abrazada a un desconocido vuelve a competir con él por una vivienda, un empleo o una oportunidad. El país que parecía unido vuelve a ser el mismo país fragmentado de unas horas antes.
La victoria ha producido alegría, pero no ha resuelto nada. Ese es uno de los poderes del circo: no solucionar los problemas, sino ofrecer una emoción lo bastante intensa como para olvidarlos durante un tiempo. Y ese olvido no siempre es involuntario. A quienes gobiernan les resulta útil aparecer vinculados a una victoria; a quienes venden les resulta rentable asociar sus productos con una emoción compartida; a quienes controlan las retransmisiones les interesa que el fútbol sea considerado imprescindible, y a quienes administran los clubes y las competiciones les conviene que el aficionado no perciba el deporte como un entretenimiento más, sino como una parte esencial de su identidad.
Una persona puede dejar de comprar un producto que no necesita. Resulta mucho más difícil renunciar a algo que considera parte de sí misma.
El aficionado cree que sostiene a su equipo. En realidad, muchas veces sostiene una industria que mueve cantidades extraordinarias de dinero y que, al mismo tiempo, se presenta como depositaria de valores nobles: respeto, compañerismo, juego limpio, esfuerzo y superación. Esos valores existen dentro del deporte. Sería injusto negarlo. Muchos jugadores, entrenadores y aficionados los practican sinceramente. El problema surge cuando la industria utiliza esos principios como carta de presentación mientras tolera, oculta o produce comportamientos que los contradicen.
Alrededor del fútbol han aparecido casos de corrupción, fraude fiscal, comisiones irregulares, compra de voluntades, manipulación de competiciones, violencia, explotación de menores y operaciones económicas cuya transparencia resulta, como mínimo, cuestionable. Eso no significa que todas las personas relacionadas con el fútbol sean corruptas ni que todos los clubes o instituciones participen en actividades ilegales. Una crítica seria no puede basarse en acusaciones generales que no distingan responsabilidades. La pregunta es otra: ¿por qué estamos dispuestos a tolerar en el fútbol lo que nos escandalizaría en otros ámbitos?
Cuando surge un caso grave, se habla de él durante unos días. Se publican titulares, aparecen declaraciones de indignación y se prometen investigaciones. Después comienza otro partido. El balón rueda, el estadio grita y la atención se desplaza. El espectáculo parece purificarse cada vez que el árbitro señala el inicio. Durante noventa minutos dejan de importar los contratos, las comisiones, las investigaciones, las deudas o las sospechas. Solo existen dos porterías, un marcador y la posibilidad de ganar.
Esa sencillez resulta profundamente atractiva porque la vida real no funciona así. Los problemas sociales no tienen un árbitro que indique cuándo comienzan y cuándo terminan. Tampoco existe un marcador que permita saber con claridad quién ha vencido. No hay un instante concreto en el que una sociedad pueda afirmar que ha derrotado definitivamente a la desigualdad, la pobreza o la corrupción.
El fútbol, en cambio, ofrece certezas. Sabemos a quién apoyar, contra quién competimos, qué resultado deseamos y cuándo termina el encuentro. La realidad es mucho menos amable. Sus soluciones son lentas, complejas y discutibles. Exigen información, participación, esfuerzo y renuncias. Resulta más sencillo discutir sobre un penalti que comprender unos presupuestos públicos, y más fácil culpar a un delantero por fallar una ocasión que determinar quién es responsable del deterioro de un servicio esencial.
El fútbol ofrece culpables visibles y victorias inmediatas. La sociedad ofrece responsabilidades repartidas y resultados inciertos.
Por eso la comparación con el pan y el circo conserva su sentido. No porque vivamos en la antigua Roma ni porque los estadios sean una reproducción del Coliseo, sino porque seguimos siendo vulnerables al mismo mecanismo: entregar nuestra atención a cambio de emociones. El pan moderno puede consistir en recibir lo suficiente para continuar, lo necesario para sobrevivir, consumir y no cuestionar demasiado aquello que nos rodea. El circo moderno adopta muchas formas: televisión, redes sociales, celebridades, polémicas, competiciones, escándalos y entretenimiento permanente.
El fútbol es solo una de ellas, pero probablemente sea una de las más poderosas. Su capacidad para ocupar conversaciones, horarios, informativos, espacios públicos y emociones difícilmente puede compararse con la de otras actividades. Muchas personas pueden ignorar el nombre de quienes administran asuntos que afectan directamente a su vida y, al mismo tiempo, conocer de memoria la alineación de su equipo. Podemos desconocer cuánto dinero se destina a determinados servicios y discutir durante horas el precio de un fichaje. Podemos no saber cómo funciona una institución y conocer cada detalle sobre la lesión de un jugador. Podemos indignarnos más por una decisión arbitral que por una injusticia cotidiana.
Esta contradicción no convierte al aficionado en culpable. Todos necesitamos descansar de la realidad, buscamos distracciones y encontramos actividades que nos permiten olvidar durante un tiempo nuestras preocupaciones. Yo también las tengo. Sería hipócrita criticar en otros una necesidad que compartimos todos.
El problema no es evadirse durante unas horas, sino permitir que la evasión ocupe el lugar de la conciencia. Ocurre cuando conocemos mejor las estadísticas de un delantero que las decisiones de quienes gobiernan nuestra vida; cuando reaccionamos con más intensidad ante la derrota de un equipo que ante el sufrimiento de quienes viven a nuestro lado, o cuando la pasión deportiva se convierte en una excusa para aceptar comportamientos que no toleraríamos en ningún otro espacio.
Por eso este libro no pretende convencer a nadie de que deje de ver fútbol. No deseo quitarle a nadie su alegría, sus recuerdos ni sus domingos frente al televisor. Tampoco pretendo presentarme como alguien moralmente superior por no compartir esa afición. No me considero más inteligente, más consciente ni más libre que quien celebra un gol. Simplemente quiero formular una pregunta: ¿en qué momento permitimos que un juego ocupara tanto espacio en nuestra sociedad?
Tal vez este libro no cambie nada. Quizá quienes deberían leerlo prefieran ver un partido y quienes lleguen hasta estas páginas carezcan, como yo, del poder necesario para cambiar las cosas. Pero existe una diferencia entre no poder transformar algo y renunciar a observarlo.
El problema no es mirar un partido.
El problema es que, mientras lo miramos, alguien sabe que no estamos mirando otra cosa.
Nadie nace siendo aficionado a un equipo. Nadie llega al mundo sabiendo qué colores debe defender, qué escudo debe sentir como propio o contra quién tiene que alegrarse. Todo eso se aprende.
Lo recibimos de la familia, de los amigos, del colegio, de la televisión y del lugar en el que crecemos. Se introduce en nosotros tan pronto y con tanta naturalidad que, con el tiempo, terminamos confundiéndolo con algo propio, como si siempre hubiera estado ahí.
Uno de mis primeros recuerdos relacionados con el fútbol está unido a otro mucho más doloroso. No recuerdo exactamente qué ocurrió ni cuál fue el motivo. Solo sé que mi padre se pasó con un correctivo y que terminé con un brazo y una pierna vendados. Debió de suceder a finales de los años noventa, durante la época del Real Madrid de Raúl, Roberto Carlos, Fernando Redondo y compañía.
Poco después —no podría asegurar si aquel mismo día o algunos días más tarde—, el Real Madrid disputó un partido importante contra el Valencia. Un amigo de mi padre, valenciano y seguidor de su equipo, vino a casa para verlo. Mi memoria no conserva el resultado, los goles ni siquiera la competición, pero recuerdo que ganó el Real Madrid. Sobre todo, recuerdo que celebré aquella victoria junto a mi padre, junto al hombre que poco antes me había dejado un brazo y una pierna vendados.
Durante el partido pareció que ambos habíamos olvidado lo ocurrido. Él gritaba, celebraba y comentaba las jugadas. Yo hacía lo mismo. Por unos instantes no éramos un padre que había golpeado brutalmente a su hijo y un niño que todavía llevaba las marcas de aquella violencia. Éramos dos aficionados del mismo equipo celebrando una victoria.
El fútbol parecía habernos unido.
Digo «parecía» porque no había unido nada. No había reparado el daño, borrado el miedo ni convertido aquella violencia en algo menos grave. Mi padre no había pedido perdón y yo no había comprendido lo que me había sucedido. Simplemente, durante un rato, el partido había colocado una emoción distinta por encima de todo lo demás.
A mis cuarenta y tantos años, cuando regreso mentalmente a aquella escena, pienso en la inocencia de aquel niño. También en su ignorancia, aunque no como un defecto. Yo no disponía de las palabras ni de las herramientas necesarias para comprender que celebrar junto a quien me había hecho daño no significaba que el daño hubiera desaparecido. Solo sabía que había ganado nuestro equipo y aquella victoria me ofrecía algo que necesitaba: la impresión de que mi padre y yo compartíamos algo. Durante noventa minutos podíamos mirar en la misma dirección, desear lo mismo y alegrarnos por el mismo motivo. El partido fabricaba una proximidad que fuera del fútbol no existía o estaba profundamente rota.
Aquello no era una reconciliación, sino una tregua que ninguno de los dos había acordado, pero que ambos aceptamos. Él podía comportarse como si nada hubiera sucedido y yo podía sentir, durante un rato, que todo volvía a ser normal. El fútbol no nos obligaba a hablar, a recordar ni a enfrentarnos a lo ocurrido. Nos ofrecía una emoción común lo bastante intensa como para cubrirlo.
Pero venga, que este no es un libro sobre la superación, el perdón ni ninguna de esas cosas. Lo mío con mi padre está resuelto. Ya no tengo la oportunidad de decirle que no me duelen los golpes ni tampoco su recuerdo. Lo sucedido pertenece a una parte de mi vida que no deseo convertir en el centro de estas páginas.
Hablemos de fútbol. No de mí.
¿Por dónde iba? Ah, sí. Por el contagio...
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